ANÁLISIS DE COYUNTURA: TRES MIRADAS EN TORNO A LA ARGENTINA POSMACRISTA

La contundente derrota en las urnas del proyecto encabezado por Macri abrió un panorama de expectativas e incertidumbre en sectores importantes de la población. ¿Cómo leer esos resultados? ¿Qué relación de fuerzas expresa el nuevo gobierno de Alberto Fernández? ¿Cuál es el papel de las organizaciones populares y de izquierda en la actual coyuntura de crisis? ¿Estamos en presencia de un nuevo ciclo de luchas emancipatorias en América Latina? ¿Puede el feminismo jugar un rol clave en estos procesos? Para responder a estos interrogantes, dialogamos con tres compañeras de izquierda: Myriam Bregman (legisladora y dirigente del PTS), Mabel Thwaites Rey (profesora de la Carrera de Ciencia Política y directora del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la UBA) y Ofelia Fernández (legisladora y referente del Frente Patria Grande).


1- ¿Qué lectura hacen del resultado de las últimas elecciones y del nuevo gobierno?

Myriam Bregman: Más que el resultado de las elecciones lo que se analiza hoy es la conformación del nuevo gobierno, que es una especie de gobierno de coalición de distintas alas del peronismo, y donde se disputan espacios de poder. Creo que el gobierno de Fernández va a estar tironeado por derecha y por izquierda. La Sociedad Rural ha dado mensajes de que la soja no se toca, curándose en salud por si quieren aumentar las retenciones. Los trabajadores, que la están pasando mal han votado con expectativas de que esto cambie. Volviendo a su pregunta de las elecciones, lo primero que hay que decir es que funcionaron con un mecanismo de ballotaje y reforzaron la polarización de las PASO. Es evidente que el enorme rechazo a Macri se expresó por el canal del Frente de Todos; pero siempre insisto en recordar que esta polarización se comenzó a armar desde fines de 2017. Cuando se dieron esas enormes manifestaciones frente al Congreso contra la ley contra los jubilados comenzó el declive imparable de Macri. Pero la conducción de la CGT bloqueó toda posibilidad de derrotarlo en la calle y con la consigna de “hay 2019” se dejó que Macri siga haciendo desastres. El escenario de unir a la derecha peronista, los gobernadores, Massa y los viejos dirigentes de la CGT que colaboraron y mucho estos años con Macri, con sectores de la centroizquierda “para sacar a Macri” fue un escenario construido, al precio de dejar pasar el ajuste y la profundización de la crisis. Desde entonces hasta este final de 2019, la situación del pueblo trabajador no ha parado de empeorar. Fue muy costoso para la gente. Casi 60 mil millones de deuda del FMI, un 20% de caída del valor del salario, millones de nuevos pobres. Entonces, este voto de bronca se expresó con lo que se veía a mano para sacar a Macri. Que octubre fue un verdadero balotaje lo confirma también la bajísima cantidad de votos en blanco, solo comparable al 2015. En millones de trabajadores y trabajadoras, la experiencia del balotaje del 2015, donde ganó Macri, reforzó el temor a que se repitiera esa situación. El resultado fue el 88 % de los votos reunidos por las dos primeras fuerzas, no tanto una polarización de dos partidos sino de coaliciones que, en el caso del Frente de Todos, se verá a la hora de gobernar que homogeneidad tenga.

Ofelia Fernández: Creo sin dudas que la derrota electoral de Juntos x el Cambio logró poner fin a cuatro años que estuvieron signados por la miseria y el hambre popular. Logramos sacarnos de encima un plan milimétricamente planificado, donde los más ricos triplicaron sus ganancias a costa del ahogo y el sufrimiento de las mayorías. Sin embargo, el macrismo no cayó únicamente por su propio peso ni producto de su pésima gestión económica. Los resultados expresaron una gran cuota del aprendizaje de nuestro pueblo durante décadas de historia. Las masivas movilizaciones que se gestaron a partir del 2015 y la formidable unidad política de la oposición, hizo que podamos barrer con la pesadilla neoliberal en tan solo un mandato presidencial. Aun así, no es momento de relajarse. El macrismo deja una Argentina arrasada con un nivel de pobreza superior al 40% y una inflación galopante que ya supera el 50% anual. Es hora de ponerse a trabajar sobre los problemas reales de los argentinos, por fuera del marketing político y la chicana.

Mabel Thwaites Rey: Las elecciones en Argentina muestran los límites de los proyectos derechistas, pero a la vez, la existencia de bases sociales dispuestas a sostener valores y políticas de neto corte anti-popular. Hasta avanzado 2019 parecía posible que, aún con el desastre económico y social producido por el gobierno, Mauricio Macri tuviera chances de pelear un ballotage y ganar la reelección, frente a una oposición aún desarticulada. La jugada de Cristina Kirchner de ceder el primer lugar en la fórmula
presidencial a Alberto Fernández y posibilitar de este modo la reunificación del peronismo, consolidó una herramienta política que logró articular exitosamente las disidencias y, a la vez, darle cauce político al malestar por los graves efectos de la crisis en los sectores populares. El triunfo aplastante en las PASO de las fórmulas peronistas en el plano nacional y en la provincia de Buenos Aires -no previsto ni por consultoras ni por las dirigencias políticas de toda laya- abrió un nuevo período de inestabilidad
económica y disputa política. Mauricio Macri, como respuesta, se lanzó a reconstituir su base electoral y, frente a la mirada escéptica y displicente de sus contendientes –y aún de sus aliados- en las elecciones generales de octubre logró convencer al 40% de les votantes con su cruzada de republicanismo conservador, anti-peronista y anti-izquierda, en general. Convocadas por Macri a manifestarle su apoyo bajo el lema “damos vuelta la elección”, las derechas sociales y políticas salieron a las calles como en los cacerolazos del período 2013-2015, a expresar su avidez por un liderazgo capaz de contener políticamente sus afanes de disciplinamiento social. Aquí también fallaron pronósticos e intuiciones y quedó expuesto un escenario de notable división clasista y regional. Los sectores medios y altos y las zonas del centro del país donde se concentran las actividades productivas más prósperas apoyaron masivamente a la opción derechista, de un apenas disimulado clasismo de corte autoritario y anti-pobres bajo un leve ropaje republicano. Las zonas pauperizadas, los sectores populares y parte de las capas medias sostuvieron con su voto la opción Fernández-Fernández, con entusiasmo militante o como opción útil para frenar el desastre macrista. El escenario abierto para el gobierno del peronismo augura intensas disputas. Durante la ofensiva de la globalización neoliberal de los 90, el peronismo de Menem se adaptó con entusiasmo y fue pro-activo para profundizar las tendencias desreguladoras, privatistas y anti-populares. En los 2000, los gobiernos peronistas de los Kirchner se incluyeron en el ciclo latinoamericano de impugnación al neoliberalismo, y aupados en la bonanza del precio de los commodities bajo el impulso chino desplegaron un pacto de empleo y consumo que se revirtió con el triunfo de Mauricio Macri. La incógnita actual es cómo hará el peronismo, al mando de Aníbal Fernández y Cristina Kirchner, para sortear una nueva etapa en la región, rodeado de los gobiernos derechistas de Bolsonaro, Lacalle Pou, Piñera, Moreno y los golpistas de Bolivia. La “cuestión de la deuda externa” volverá a signar las definiciones económicas y políticas, en un escenario mundial volátil, en plena disputa y con reconfiguración de hegemonías. Seguramente Fernández no hará menemismo ni kirchnerismo, porque el tiempo que enfrenta será distinto a las etapas anteriores y nos encontraremos ante una variante específica del realismo político peronista, siempre exitoso artífice de gobernabilidad sistémica. Mal que les pese a las derechas sociales y políticas de corta mira, ha sido el peronismo, en todas sus variantes, el que ha logrado conducir las etapas más prolongadas de crecimiento económico con articulación social.

El macrismo no cayó únicamente por su propio peso ni producto de su pésima gestión económica. Los resultados expresaron una gran cuota del aprendizaje de nuestro pueblo durante décadas de historia. Las masivas movilizaciones que se gestaron a partir del 2015 y la formidable unidad política de la oposición, hizo que podamos barrer con la pesadilla neoliberal en tan solo un mandato presidencial. Aun así, no es momento de relajarse.

2- ¿Cómo analizan el contraste entre la expansión política de sectores de derecha ultraconservadores y la emergencia de revueltas populares en distintos países de América Latina?

Myriam Bregman: América Latina está viviendo una fuerte polarización de clases, ha vuelto la lucha de clases. Y con el golpe en Bolivia se está viendo el rol activo de los EE.UU. nuevamente en América Latina, como ya se había visto en Honduras, en Paraguay y también en Brasil con formas “institucionales” como en la destitución de Dilma Rouseff y la prisión a Lula, que le allanaron el camino a Bolsonaro. Hubo un primer momento que, con Macri en Argentina, Piñera en Chile, Duque en Colombia, y el ultraderechista Bolsonaro en Brasil, parecía que el péndulo se había corrido hacia la derecha en el continente. Se preparaban para aplicar nuevos ataques neoliberales, privatizaciones y planes de ajuste del FMI. Incluso intentaron un golpe en Venezuela para que sea la derecha rancia y proimperialista de Guaidó. Pero la derecha mostró sus límites para llevar adelante este programa reaccionario. Hoy sin dudas los procesos más avanzados de la lucha de clases son las jornadas revolucionarias de Ecuador y Chile, que por su magnitud y radicalidad, recuerdan los levantamientos que pusieron fin a los gobiernos de la derecha neoliberal entre fines de la década de 1990 y comienzos de los 2000. En Ecuador fue un levantamiento popular –obrero, indígena, campesino y estudiantil- contra el paquetazo del FMI que obligó a Lenín Moreno a retirar el decreto del ajuste. Moreno sobrevivió, pero queda un gobierno débil y un movimiento de masas que ha hecho la experiencia de que el camino para derrotar los planes de ajuste es la lucha. En Chile, el aumento de las tarifas del transporte público hizo estallar el odio acumulado contra el gobierno de Piñera y está poniendo en cuestión la herencia de la dictadura pinochetista. Varios meses de movilizaciones que desafían la dura represión. Y en Bolivia una heroica resistencia al golpe como se vio en El Alto, las enormes marchas a La Paz o los campesinos en Cochabamba. Hay un hartazgo de masas que estalla en rebeliones en distintos países del continente.

Hoy sin dudas los procesos más avanzados de la lucha de clases son las jornadas revolucionarias de Ecuador y Chile, que por su magnitud y radicalidad, recuerdan los levantamientos que pusieron fin a los gobiernos de la derecha neoliberal entre fines de la década de 1990 y comienzos de los 2000.

Ofelia Fernández: Latinoamérica se encuentra hoy en una encrucijada, donde varias convulsiones sociales y políticas están redefiniendo nuevos rumbos políticos y reconfigurando el escenario geopolítico. Por un lado, pueblos como Chile, Ecuador, Panamá, Haití y Honduras que se levantan tras años de desprecio gubernamental, y de maneras radicales cuestionan no solamente las políticas de sus gobiernos, sino también avanzan en propuestas que implican transformaciones profundas del sistema político en su conjunto. Estos procesos representan una irrupción en el propio corazón del bloque neoliberal, y la respuesta no ha sido más que una feroz represión desatada sobre los pueblos que luchan por su dignidad. Como contracara a este escenario, el bloque neoliberal volvió a utilizar las recetas ya conocidas por todxs: manipulación, mentiras y desestabilización política. El caso boliviano atestigua que cuando la derecha no puede ganar por el medio electoral, recurre a sus aliados históricos para ejecutar golpes de estado: cúpulas militares, iglesias, y el gran poder de las corporaciones. Creo sin dudas que los países de América Latina deben volver a conformar alianzas que favorezcan la integración y fortalezcan la región, para dejar de ser el patio trasero de los vecinos del norte. Para eso, los próximos años estarán marcados no solamente por el signo político de los gobiernos, sino por la capacidad de respuesta de cada uno de los pueblos de América Latina.

Mabel Thwaites Rey: Desde la crisis global de 2008, el capitalismo está en una etapa turbulenta que, lejos de encontrar un sendero de estabilización, espiraliza las crisis y confrontaciones. La guerra comercial declarada por Trump contra China -y también Europa- dejó expuestos los límites de la globalización neoliberal como panacea hegemónica, a la vez que abrió las puertas a los nacionalismos agresivos. Lejos de la utopía de un mundo de consumidores felices plenamente interconectado, libre y abierto, se expande en los pueblos una creciente insatisfacción económica, social y política por los ajustes eternos y la pérdida constante de derechos y de seguridad personal y social. El malestar por un presente sombrío y un futuro amenazante genera las reacciones políticas más opuestas. La imposibilidad del capitalismo actual de ofrecer sueños de progreso generalizado exacerba las reacciones defensivas de las clases propietarias, que se abroquelan para proteger sus posesiones frente a lo que perciben como amenaza: las personas migrantes desplazadas de zonas de guerra y miseria, las desposeídas, las trabajadoras. Y en su amurallamiento social y político interpelan a las capas medias y trabajadoras vulnerabilizadas, desplazando su odio y resentimiento a los de más abajo, como temibles usurpadores de beneficios perdidos. Los más pobres son puestos en la categoría de enemigos temibles, pero, a la vez, fáciles de vencer y sobre los cuales descerrajar violencia y soltar la ira. Estas son las bases sociales de las derechas autoritarias y neofascistas que se despliegan en el mundo, al que plantean una salida regresiva y excluyente. En América Latina, el despliegue del ciclo de impugnación al neoliberalismo fue dando lugar, en simultáneo, a la conformación de núcleos importantes de derechas sociales y políticas con capacidad de oponer resistencia activa a las políticas redistributivas y de ampliación de derechos. Un odio visceral hacia procesos percibidos como de mayor igualación social, de impugnación a las jerarquías sociales y potencialmente disruptores se fue macerando con una radicalidad desproporcionada. Porque los segmentos medios y altos fueron, en su mayoría, económicamente beneficiados con las políticas de los gobiernos progresistas, pero la percepción de amenaza social fue mayor que las ventajas materiales objetivas que recibieron. En países como Brasil, Argentina, Ecuador, Venezuela y Bolivia, estos sectores irrumpieron en las calles con métodos de movilización política inéditos, creciendo en beligerancia y, lo más preocupante, en capacidad de interpelación político electoral. Cuando las bonanzas del ciclo de impugnación al neoliberalismo, sobre todo con la caída de los precios de los commodities, volvió insostenible la distribución sin gran conflicto de una parte del excedente, el discurso y las prácticas destituyentes de las derechas sociales y políticas encontró un terreno fértil para desplegar su estrategia de cooptación de los segmentos más resentidos de las capas populares y ganar posiciones de poder. Las insuficiencias y los yerros de los gobiernos populares fueron malquistando también a franjas sociales que, enconadas, se fueron plegando a las opciones derechistas como alternativas de castigo político. El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil y el golpe de Estado en Bolivia son ejemplos paradigmáticos. Al mismo tiempo, las resistencias populares a los modos regresivos de vivir y gestionar las crisis se fueron expandiendo en toda la región. Colectivos rurales y urbanos con amplio arraigo territorial, movimientos estudiantiles, sindicatos de base, agrupaciones feministas poderosas y múltiples expresiones colectivas se manifiestan con creciente radicalidad contra un sistema social y político que no ofrece más que desigualdad y opresión. Un “ya basta” generalizado, difuso, visceral, episódico pero recurrente va ganando voluntades y conciencias de modo magmático en diversos países. Ya el triunfo de AMLO en México -tras décadas de fraude, corrupción y muerte- abrió un nuevo escenario para la lucha, pero los levantamientos masivos en Chile y Colombia -los modelos emblemáticos del neoliberalismo puro y duro- constituyen un punto de inflexión clave. El golpe de estado en Bolivia y la victoria electoral de la derecha en Uruguay, por una parte, y el alzamiento indígena en Ecuador y la derrota de Macri en Argentina, por la otra, completan el complejo y fluido cuadro latinoamericano. Lo que parece extenderse es un malestar genérico, difuso, espeso, por las formas de vida que impone el capitalismo actual, que encuentra cauces de expresión muy diversos, sin recetas ni moldes fijos. La ira de las derechas se canaliza en un racismo, anti-igualitarismo y conservadurismo que logra interpelar a segmentos sociales aislados, resentidos y temerosos bajo la promesa de un orden jerárquico que proclama mano dura para disciplinar a los más vulnerables. Por el contrario, las rebeliones populares desde abajo empiezan a tejer nuevos sentidos para las luchas, con una radicalidad que no admite parches cosméticos en los sistemas políticos exhaustos. El Chile que fungió de modelo regional del neoliberalismo político y social más acabado, estalla de norte a sur en protestas masivas, creativas y combativas, que ponen en jaque al sistema y se erigen en faro de la rebeldía continental. Colombia desafía el miedo y la represión sistemática y recrea voluntades de lucha masivas, mientras el heroico pueblo haitiano no da tregua al régimen títere que lo oprime. América Latina está, ciertamente, en franca disputa.

Los feminismos populares tienen la posibilidad, por sus prácticas de radicalidad plebeya, de contribuir a la deconstrucción machista y patriarcal de los compañeros, a convidarlos a formas de relación horizontal, a vínculos amorosos y fraternales que anticipen las relaciones sociales emancipadoras.

3- ¿Qué puede aportar el feminismo a un proyecto que se pretenda emancipador?

Myriam Bregman: El movimiento de la marea verde que es muy importante en Argentina, pero tiene expresiones internacionales, ahora tiene el desafío de unirse con la lucha de la juventud y los trabajadores del continente. Las mujeres están al frente en Chile contra la represión, como también vemos a las mujeres de pollera en Bolivia hacerles frente a los golpistas. Somos feministas socialistas y por lo tanto revolucionarias.

Ofelia Fernández: El feminismo en este siglo introdujo muchísimos debates que eran antes impensados, porque irrumpió en todas las esferas de la vida de un modo revolucionario. Nuestro proyecto es emancipador, y por lo tanto es feminista. Creo que el feminismo no debe comportarse como un aporte más a las causas de la emancipación, porque el feminismo está signado por la naturaleza misma de la emancipación. No puede pensarse un proyecto de libertad sin que sea feminista, porque de lo contrario no habrá libertad posible. Podemos decir que hoy falta muchísimo camino por recorrer, pero existen avances palpables y concretos para que nuestros sueños comiencen a hacerse realidad. Sin embargo, el feminismo no son únicamente las buenas medidas de un gobierno que va a ocuparse de las mujeres y disidencias. El feminismo trascendió porque también es un método, una forma de hacer política. Una forma de relacionarse, un nuevo modo de interpretar la vida y el poder. Y ese es tal vez el principal componente, su rasgo característico y el aporte que puede pensarse hacia un proyecto que se pretende emancipador. Las enormes jornadas por el aborto legal no sirvieron únicamente para instalar el aborto en la agenda pública. Sirvieron porque efectivamente en Argentina el aborto va a ser legal, y porque demostraron que, mediante la sororidad, el caminar juntas y sin miedo, nuestra libertad es posible.

Mabel Thwaites Rey: La irrupción de los movimientos feministas es uno de los datos centrales del ciclo de luchas populares en curso. Las nuevas generaciones que se han lanzado a la lucha antipatriarcal están aportando una radicalidad, combatividad, lucidez, creatividad y dinamismo tan fundamentales como insoslayables. Las luchas por el aborto legal, contra la violencia machista y el sexismo, por el reconocimiento pleno de las tareas de cuidado, por el respeto a las múltiples identidades de género, por la igualdad laboral y salarial, además de masivas y poderosas, son centrales para el despliegue de cualquier proyecto emancipador. Los aportes de las teorías de la reproducción social a la comprensión profunda del capitalismo son un insumo esencial para las luchas anticapitalistas y antipatriarcales y están contribuyendo a dar un paso más allá en la batalla anti-sistémica. La superación del patriarcado capitalista, que ordena jerárquicamente a la sociedad bajo la égida del macho alfa –triunfador en la pirámide social- es una cuestión civilizatoria que involucra necesariamente a todes. Los varones tienen que asumir como propia la lucha contra el patriarcado que les otorga privilegios, pero que también los condena a un estereotipado rol de proveedor fuerte, competitivo y triunfador, imposible de cumplir, que los carga de frustración y los empuja, en muchos casos, a la violencia. Por eso una de las tareas de los movimientos populares, que los feminismos están en condiciones de liderar y promover, es ganar la
hegemonía anti-patriarcal y sumar a los hombres en ese aspecto de la lucha anti- capitalista. Se trata de lograr que los varones comprendan que para generar sociedades vivibles, humanas, sostenibles y libres es imperativa la construcción de la igualdad en todos los planos de la vida, en el reparto de cargas y también en el disfrute de los placeres que conllevan los vínculos horizontales y recíprocos, de cuidado y amor, de responsabilidad y placer mutuos. Los feminismos populares tienen la posibilidad, por sus prácticas de radicalidad plebeya, de contribuir a la deconstrucción machista y patriarcal de los compañeros, a convidarlos a formas de relación horizontal, a vínculos amorosos y fraternales que anticipen las relaciones sociales emancipadoras. Un paso adelante será la creación de espacios mixtos que conlleven la perspectiva feminista de organización social radicalmente igualitaria.


Publicado originalmente en Revista Catarsis N° 2 – Abril 2020.

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