Vigilar y delatar: la vecinocracia punitiva y la clausura de la política. Por Esteban Rodríguez Alzueta

El bombardeo constante de información relativa a episodios de violencia en las calles, transmitido mediáticamente bajo la lógica de la “Inseguridad” y su correlato en movilizaciones vecinales, marchas del silencio y reclamos populares frente a las comisarías han trascendido más allá de las demandas inmediatas, para constituirse en un nuevo fenómeno social: la Vecinocracia y la policialización de la vida cotidiana.

Ilustración Esteban Sambucetti

En la última década hemos asistido a la formación de un nuevo vecinalismo a la altura de los temores que los vecinos fueron incubando durante décadas. Un vecinalismo que averiguamos enseguida en los cartelitos de “vecinos alertas” o “seguridad vecinal”, como también en la cultura de la queja y de la indignación propagada desde los grandes medios con los separadores radiales, una nueva ética protestante exaltada por los movileros cuando le ponen el micrófono a la víctima de turno.

Se trata de una tradición de larga duración en Argentina que nos retrotrae a los vecinos contribuyentes y gestores de la ciudad del siglo XIX, pasando por el fomentismo, el peticionalismo municipal, los partidos vecinalistas del siglo XX, hasta llegar al vigilantismo. Con el vigilantismo queremos hacer alusión al giro policialista del vecinalismo. Los vecinos honestos se vuelven vecinos alertas. No basta la honestidad, se necesita ser prudentes. La prudencia nos enseña a estar precavidos y asumir los riesgos. Un vecino responsable es un vecino atento, que permanecerá vigilando el barrio, su familia y la propiedad. Con el vigilantismo el vecinalismo se repliega en el territorio y modifica sus alianzas. Son vecinos afiliados a la comisaría de la zona, asociados a prácticas de delación. Vecinos que se la pasan apuntando con el dedo, estigmatizando al otro que no comparte sus estilos de vida y pautas de consumo.

Pero el vigilantismo retoma la tradición antipolítica que caracterizó al vecinalismo tradicional. En efecto, los vecinos continuarán vaciando la política de contenido político, solo que ese vaciamiento se hará con otras razones o, mejor dicho, impulsados por otros sentimientos. Un vecinalismo organizado en función de la seguridad, del miedo nuestro de cada día. Porque a diferencia del fomentismo que se reunía alrededor de los problemas de infraestructura que tenía el barrio (conseguir el asfalto, las cloacas o el agua potable), el vigilantismo hará pivote sobre los problemas de inseguridad que acechan al vecindario: los vecinos se juntan para pedir al comisario más móviles patrullando o consigne más agentes en las esquinas; para exigir al intendente o sus delegados que se poden los árboles, dispongan mejores luminarias, cámaras de video-vigilancia o repartan botones anti-pánicos.

Los reclamos de los vecinos quieren ponerse más allá de cualquier ideología. Porque la inseguridad, se ha dicho, afecta por igual a todos los vecinos. Los ladrones no preguntan la adscripción partidaria antes de realizar sus fechorías. Los vecinos son activistas de lugares comunes post-ideológicos, que suelen manifestarse “sin banderías partidarias”, portando pancartas con consignas huecas y algunas veces con leyendas que rayan el odio. Sus repertorios de acción colectiva están compuestos por las marchas de silencio o cacerolazos, amontonamientos más o menos espontáneos en la calle, siempre en torno a las cámaras de televisión. Vecinos que formarán una ronda para manifestar su indignación mientras el resto de los vecinos posesos, con el ceño fruncido, repetirán el habitual mantra: “se-gu-ri-dad, se-gu-ri-dad, se-gu-ri-dad”. Son vecinos que están dispuestos a resignar su libertad a cambio de más seguridad. Aprendieron que el precio de la seguridad es el enclaustramiento y, por añadidura, la paranoia.

2.

La vecinocracia es el gobierno de los vecinos vigilantes. Con la vecinocracia estamos haciendo referencia a esa nueva forma de soberanía territorial acotada y circunscripta al barrio. Los “vecinos alertas” son la expresión del empoderamiento visceral y resentido que será retroalimentando con las políticas de la prevención situacional. Como dijo el criminólogo italiano, Alessandro Di Giorgi: la “tolerancia cero” es un control participatorio, toda vez que implica a los vecinos en las tareas de control. Para que los policías puedan actuar preventivamente, además de facultades discrecionales necesitan que los vecinos le vayan mapeando la deriva de los colectivos de personas productores de riesgo.

En ese sentido, el vecino, es una figura social que compite y desplaza al ciudadano. Alguna vez el ciudadano le ganó al vecino, pero ahora el vecino le está ganando al ciudadano. El vecino y el ciudadano son la misma persona, pero cada una de estas figuras propone papeles diferentes para los individuos. No es lo mismo que el individuo se piense como un ciudadano ilustrado, a que lo haga encarnando al vecino alerta. Si el ciudadano es una figura universal y abstracta será porque los individuos fueron desencajados de su entorno para ser interpelados por la legalidad de turno, es decir, en función de los derechos que el estado le promete a cada persona, más allá de su realidad. Por el contrario, el vecino es una figura particular y concreta. Si los barrios no son siempre el mismo barrio, tampoco los vecinos serán siempre el mismo vecino: los vecinos no tienen la misma capacidad contributiva y tampoco los mismos estilos de vida, los mismos valores, los mismos bienes que proteger. Por tanto merecen formas de seguridad diferentes y acordes a la capacidad de consumo: Dime cuál es tu estándar de vida y te diré la seguridad que mereces, cuánta plata deberás invertir para prevenirte y cuántos patrulleros tendremos circulando en tu zona. Ahora bien, más allá de estas diferencias, los vecinos pueden tener los mismos sentimientos o ser afectados por los mismos acontecimientos. Si al ciudadano lo impulsan las razones superficiales, a los vecinos los sentimientos más o menos profundos; si las acciones de los ciudadanos deben guardar las formas y las citas sociales que exige cualquier intercambio político; los vecinos, por el contrario, reniegan de la corrección política, se dejan llevar por las emociones y están dispuestos a encolerizarse rápidamente. Se mueven posesos bajo el estado de emoción violenta y su verba no necesita guardar ningún cuidado. Pueden pasar de la indignación a la ira y su violencia escala muy rápidamente hacia los extremos. Prueba de ello son los linchamientos o tentativas de linchamiento; los escraches en las redes sociales o lugares de trabajo; las lapidaciones a policías y tomas comisarías; las quemas intencionadas de viviendas y la posterior deportación de grupos familiares enteros de los barrios; los saqueos colectivos a determinados negocios. Los vecinos no quieren dialogar, sólo reclaman medidas urgentes y contundentes mientas les advierten a los funcionarios que “si no hay gatillo policial habrá linchamiento vecinal.” Las fuerzas vivas de la sociedad no son la expresión de la ausencia del estado sino de la frustración vecinal: la policía no hace las cosas que a ellos les gustaría que hagan, es decir, el estado no está presente de la forma que ellos imaginaban iban a estar en el barrio, con la prepotencia y la velocidad que ellos reclamaban.

La vecinocracia no sólo está desautorizando los debates colectivos cuando reclaman medidas urgentes, sino que vacía los espacios públicos al refugiarse en la esfera privada, un santuario repleto de chiches y electrodomésticos que hay que defender cueste lo que cueste. La intimidad encantada que el vecino sólo estará dispuesto a abandonar cuando haya que repasar junto a otros vecinos el derrotero del barrio, o reclamar mayores medidas de seguridad. Para los vecinos alertas los espacios públicos son espacios de vigilancia. No se organizan para celebrar encuentros sino todo lo contrario: Lugares que deben permanecer vacíos, siempre despejados, que se disponen para la circulación o ser admirados a larga distancia, para ser embellecidos o frecuentados en familia, siempre en el marco de políticas de prevención ambiental que desalienten las incursiones de los incivilizados. Como señalaron los neoconservadores, autores de la teoría de las ventanas rotas: Un entorno degradado invita a creer que a nadie le importa nada y, por tanto, crea condiciones para que el barrio sea objeto de actos vandálicos hasta convertirse en el escenario ideal para otras transgresiones mayores.

Por eso, más allá de que los vecinos nunca son el mismo vecino, la vecinocracia será experimentada como la expresión de una sociabilidad homogénea, organizada a partir de consensos anímicos que serán periódicamente avivados por el periodismo televisivo, y testeados en los focus group a través de los cuales se extrae la “línea correcta” para entrenar la demagogia política electoral. Una expresión que los comisarios saben interpelar en los foros vecinales que improvisan en su seccional, pues saben también que allí se van a encontrar con una audiencia exaltada o fuera de sí, diciendo lo que ellos quieren escuchar, pidiendo los que ellos necesitan: que se sienten inseguros, que no pueden andar tranquilos por la calle, salir de noche, en otras palabras, que desean más patrulleros, más policías, más controles, más armas, es decir, que la policía necesita más presupuesto.

3.

Dijimos que la vecinocracia es, en gran medida, producto de sus temores. Temores que fueron fermentando al interior de sus hogares, frente al televisor. Temores mal encausados, que luego hablan a través de diferentes prejuicios y que canalizan otras incertidumbres que tienen que ver con la corrosión del carácter, el desempleo y la precarización que amenazan con socavar su estilo de vida. Temores que tienen además un contexto político caracterizado por la incapacidad de los partidos para agregar los intereses y problemas de los vecinos, y la incapacidad del sistema judicial para reponer la certidumbre a la vida cotidiana. El vértigo que produce el neoliberalismo, escribió el criminólogo británico Jock Young, el miedo a no poder pagar el crédito hipotecario, el temor a no poder continuar viajando en vacaciones, a perder el estatus de consumo, y a no tener la plata para cambiar el auto, o cubrir la cuota del colegio de los hijos o la salud prepaga, lleva a los vecinos a descargar su angustia sobre los más vulnerables. Esa catarsis se produce a través de mediaciones sociales, configuradas por determinados eventos –como los robos o hurtos y otros hechos que impactan en la integridad física de las personas- que tienen no sólo la capacidad de ganarse la atención de los vecinos sino, además, de no generar divisiones entre ellos. La muerte de una mujer embarazada en una salidera bancaria no genera escisiones. Más allá de que uno viva en un country o una villa, sea de River o Boca, macrista o peronista, todos nos vamos a sorprender diciendo “¡qué barbaridad!”. A través de las ceremonias de degradación que se producen en torno a la estigmatización, los vecinos alertas le ponen un rostro a su incertidumbre, transformando el miedo abstracto en un miedo concreto. Al asignarle un estereotipo al miedo que los acosa, los miedos se vuelven manipulables y pueden redireccionarlos hacia los protagonistas de aquellos pequeños eventos que no tienen nada que ver con la incertidumbre económica que transitan los vecinos. La cuestión social no sólo se desplaza hacia la cuestión policial, sino que las respuestas que eventualmente puedan llegar a ensayarse no guardan tampoco proporción con los hechos que tuvieron lugar. No estamos, entonces, ante el relanzamiento de la ley del talión: en este país, el robo de un teléfono celular puede costarte la vida. La infamia es el consuelo que tienen los vecinos que sienten amenazados sus estilos de vida.

Que conste que no estamos diciendo que la sensación de inseguridad sea una quimera y, mucho menos, que no tenga relación alguna con la expansión de determinadas conflictividades sociales, como por ejemplo, con el aumento del delito predatorio y el uso de la violencia expresiva. Pero no hay que confundir el delito con el miedo al delito. Se trata de problemas vinculados pero con causas distintas. Que sea una sensación no significa que sea una ficción: el miedo al delito modifica las maneras de habitar el barrio y transitar la ciudad, trasforma el universo social, no sólo porque los aísla en su bunker, esa cápsula que inmuniza a los vecinos, sino porque va constriñendo sus redes sociales, espaciando la frecuencia de los encuentros, modificando los horarios y sus rutinas. Pero lo que me interesa subrayar aquí es que muchas veces el miedo de los vecinos no guarda simetría con aquellos conflictos. Que sus representaciones son exageradas y a veces muy exageradas, respecto de lo que realmente sucede en su barrio o la ciudad. Sin lugar a dudas el miedo es la manera que tienen los vecinos de manifestar que no se van a resignar a aceptar con sufrimiento este nuevo estado de cosas. Sus umbrales de inseguridad no se negocian. Pero hay algo más en ese sentimiento confuso: un deseo de revancha social. Una revancha que averiguamos en el linchamiento vecinal, pero también en los escraches, las tomas de comisaría, en la justicia por mano propia o los comentarios del lector. Son formas distintas de infamia a través de las cuales se practica la justicia vecinal, una justicia tributaria de la justicia mediática, urgente y sin pruebas, sin derecho a la inocencia y al debido proceso, que no busca resolver los conflictos sino perpetuarlos en el tiempo, volver a pasar por ellos, revivirlos, para sentirlos otra vez y producir la catarsis. De allí que detrás de un vecino alerta haya también un resentido.

4.

La vecinocracia impone a los vecinos maneras de actuar, sentir y hablar. El vigilantismo, la delación, la estigmatización y degradación moral, el chismerío, la indignación, la revictimización de la víctima, son modos de acción que interpelan y llevan a actuar a los vecinos de esa manera por el sólo hecho de ser vecinos afines. Vecinos envueltos en formas de socialización homogéneas que no siempre eligieron, que se sorprenden repitiendo muchas veces sin darse cuenta. No digo que los vecinos marchan solos, pero suelen entrar en trance cuando están presos del miedo o cunde el pánico en el barrio. Y que conste que eso no significa que sean totalmente ajenos a las prácticas que protagonizan o las vivan con extrañamiento. Son un efecto pero también una causa. La vecinocracia impone maneras de estar en la ciudad, nos carga humores y clises. Cuando habla el vecino, de alguna u otra manera el resto de los vecinos se sienten escuchados y hablados también. No importa que se trate de Fulano, Mengano o Perengano. Cambian los vecinos, pero las declaraciones, los sentimientos de indignación, la queja, las técnicas retóricas utilizadas para justificar sus actos hostiles o sus amenazas, serán más o menos los mismos. El vecino obrará conforme al resto de los vecinos, en función de los papeles que le asigna la vecinocracia. En el dolor de la víctima televisada, cada uno de los vecinos alertas podrá proyectar sus temores más íntimos, sus preocupaciones y problemas.

La vecinocracia es el nombre de una violencia latente, la expresión de un consenso anímico que encuentra en los imaginarios autoritarios de larga data un punto de apoyo para su expresión. La manifestación de procesos de formación de un acuerdo difuso en torno a la necesidad de apuntar al prójimo, sea para matarlo o herirlo de muerte simbólica; de apartar al otro que tiene otros estilos de vida, otras pautas de consumo, otros rasgos étnicos, otra cultura. La violencia vecinal es una violencia anónima y espectral, que se respira en el ambiente. No se puede imputar a nadie en particular porque involucra a todos los vecinos atrincherados que siguen al otro por televisión, cada vez más prejuiciosos, más temerosos en su autosegregación.

La vecinocracia, entonces, es la expresión de una comunidad imaginaria que viene calando hondo, sobreimprimiéndose al “imaginario gorila”. Una violencia disimulada con rutinas religiosas, hábitos de consumo, pergaminos que certifican buenas acciones, diplomas universitarios, buenos modales y, en algunos casos, mucha corrección política. Una violencia interpelada por el periodismo entusiasta que se autopostula como su intérprete genuino.

La vecinocracia es una experiencia antipolítica que desautoriza la democracia cuando impugna las mediaciones políticas. La agenda de los vecinos es pre-política porque pretende poner los problemas más acá de las “discusiones políticas”. Pero además resulta ser antipolítica porque –por un lado- clausura los debates con las interpelaciones urgentes al poder ejecutivo, y porque –por el otro- las respuestas que traman más allá del estado de derecho pertenecen al orden del estado de la naturaleza. Los vecinos alertas desconfían de la política y cuando cunde el pánico, recomiendan cerrar filas para actuar rápidamente.

No es casual que la vecinocracia haya sido el mejor aliado de Cambiemos en todos estos años. Cambiemos llegó al gobierno interpelando a los vecinos alertas, hablándole al vecino. La vecinocracia es la reserva moral del macrismo, su mejor punto de apoyo en cada elección. Pero no hay que asociar la vecinocracia a las aspiraciones de la clase media. La vecinocracia es una clase hecha con muchas clases. Mejor aún, una subjetividad que permea a casi toda la sociedad. Tampoco es patrimonio de la derecha. Muchos sectores progresistas y de izquierda se mueven de la misma manera, en función de las mismas prácticas, apelando a los mismos temores, las mismas pasiones iracundas, desplazando la discusión plural por la creencia identitaria.

5.

El punitivismo es el punto de coincidencia entre algunas clases dirigentes y algunos sectores subalternos. Si los dirigentes pueden dirigir, es decir, universalizar sus intereses particulares será porque saben interpelar y hacer hablar los sentimientos más profundos de los subalternos. De esa manera el punitivismo de arriba empalma con el punitivismo de abajo. Pero que conste que no estamos diciendo que el punitivismo de abajo sea el mero reflejo del punitivismo de arriba, el resultado de la manipulación oportuna. También cabría suponer que el punitivismo de arriba es el resultado de la presión que ejercen las fuerzas vivas de la sociedad vecinal. Pero más allá de ello, lo cierto es que las tendencias punitivas pueden confluir periódicamente. A veces porque los funcionarios suelen ser fervientes partidarios del castigo anticipatorio, pero otras veces porque los funcionarios de turno al quedar cautivos de las urgencias electorales y la falta de ideas, están dispuestos a decirles a los vecinos lo que estos quieren escuchar: que la seguridad es igual a más policías, más armas, más cámaras, más luces Led, que se necesitan más penas, nuevas figuras penales, más cárceles.

En todos estos años, después de tantas crisis económicas recurrentes, los funcionarios aprendieron que pueden convertir a la cuestión securitaria en una cuestión central. No siempre, a veces la seguridad no vota y pesarán otras cuestiones (la desocupación, la inflación, etc.). Pero los funcionarios saben que la seguridad no dejará por ello de ser una cuestión que los vecinos vivirán con centralidad y podrán apelar a ella en otras coyunturas. Quiero decir, la lucha contra el delito callejero puede ser la mejor manera de recuperar la confianza perdida, de recomponer el capital político licuado con las medidas económicas. De esa manera el gobierno tal vez pueda desplazar la cuestión social por la cuestión policial, transformando los conflictos sociales en litigios judiciales. Vista la realidad a través de la inseguridad lo importante ya no serán los modos de producción sino los modos de corrupción, sea la corrupción política o social. Más aún, en contextos de expansión de la conflictividad social, la producción de nuevos chivos expiatorios vinculado al delito predatorio se transforma en la mejor excusa para legitimar y habilitar la capacidad punitiva del estado. De allí que muchas veces encontramos a los funcionarios, nacionales o provinciales, prendidos de las periódicas campañas de pánico moral agitadas por el periodismo empresarial. Ellos saben también que la espectacularización del delito, su tratamiento truculento, el sensacionalismo y la demagogia victimista, puede ser la oportunidad de inflar otros problemas y desplazar el centro de atención. El delito, la lucha contra el delito, se convierte entonces en una de las mejores formas para hacer frente a la eventual crisis de confianza. A partir del consentimiento que despierten esas respuestas coyunturalistas, se buscarán recrear los consensos. Con ello, el gobierno cruza los dedos y espera que la inversión en materia de seguridad les permita llegar a las próximas elecciones distrayéndonos de la crisis económica.

Pero hete aquí que esos consensos difusos están hechos de pasiones antipolíticas. Los funcionarios juegan con fuego. La química puede hacernos estallar por los aires. Porque lejos de abrirse ámbitos para la reflexión y el debate se los clausura. La vecinocracia o lo que esta representa, sus preocupaciones y repertorios de acción, están hechas de otras velocidades, con otros umbrales de intolerancia. La vecinocracia no conoce la paciencia, ni la autolimitación, la mesura y la efectuación juiciosa. Es impaciente, extralimitada, imprudente, y muy prejuiciosa. El miedo y el resentimiento no se llevan bien con las políticas públicas de largo aliento. Cuando la vecinocracia entra en pánico, no hay razones que salgan a su encuentro. La multitud reclamará medidas urgentes que estén hechas de la misma pasión que sus reivindicaciones.

En definitiva, las tendencias punitivistas de arriba y abajo están vaciando a la política de política, poniendo a la política más acá de la política hasta que la transforman en una cuestión moral. Los punitivismos están ubicando a la democracia en lugares cada vez más difíciles. Lejos de crear mejores condiciones para tramitar los conflictos complejos con los que nos medimos, lejos de abrir ámbitos para debatir entre todos y todas cómo queremos vivir, patean la mesa, desautorizan las discusiones y con ello clausuran la experiencia democrática.

Poscriptum sobre los vecinos yuteados

Más allá de que mañana, cuando pase la cuarentena, contemos la pandemia del COVID19 como una bisagra, lo cierto es que hoy día se tramita con las prácticas aprendidas, que se han ido sedimentando en todos estos años pasados. Algunas de esas prácticas sociales tienen que ver con la vigilancia y la delación, cara y contracara de una misma moneda.

Durante las primeras semanas, mientras todos estábamos aprendiendo a transitar el aislamiento, fuimos testigos de varias escenas semejantes. Algunas nos llegaban por las redes sociales o las vimos por televisión y otras pudimos leerlas por la prensa nacional. En esas imágenes, vimos a vecinos llamando al 911 o a la línea 134 habilitada por el Ministerio de Seguridad de la Nación para denunciar a otros vecinos que no estaban en su casa guardando la cuarentena, que la habían interrumpido; gente que llamaba paranoica para decir que una persona sacó tres veces a pasear al perro; escuchamos, por ejemplo, a un cliente de un supermercado Chino que llamó a la policía porque el vendedor estaba tosiendo, es decir, “un chino con supuestos síntomas gripales está atendiendo al público”; vimos a vecinos que se ponían a gritar por el balcón a las personas que deambulaban por la calle; vecinos que filmaban a grupos de personas jugando a la pelota en la calle, o corriendo por la arena frente al mar; vecinos que hacían piquetes en las entradas de la ciudad impidiendo el ingreso de los forasteros al pueblo; vimos también a vecinos filmando a los pobres haciendo colas en el banco cuando iban a cobrar la AUH; vimos también a pacientes en los hospitales que gritaban a los enfermeros cuando una persona con síntomas gripales no se la sacaba del lugar común. En San Juan, por ejemplo, leímos como vecinos atacaron a piedrazos la casa de la primera paciente de coronavirus en esa provincia. Leímos también como los vecinos dejaban una carta a otro vecino (que podía ser un médico, enfermero o farmacéutico) para que no use los lugares comunes del edificio o directamente intimándolo a se vaya del edificio o el barrio. Y esto es algo que sucedió en Santiago del Estero, en Tucumán, Ciudad de Buenos Aires, Gran Buenos Aires, Córdoba y en la costa argentina. Todas estas escenas tienen muchos elementos en común: vecinos vigilando y delatando, vecinos con miedo, mucho miedo, pero también, vecinos yuteados.

Son los mismos vecinos alertas de siempre pero ahora guardando cuarentena, es decir, más encerrados que nunca y con más miedo; vecinos que se pusieron a hacer lo que saben hacer: vigilar y delatar, que hacen lo que les enseñaron a hacer, lo que venían practicando y les dijeron que estaba bien hacerlo. Dos prácticas que fueron transformando a los vecinos alertas en policías amateur. Allí donde no llegan las policías están los vecinos observando, cooperando con las policías, mapeándoles la deriva de las personas que interrumpían la cuarentena. Vigilan al vecino de al lado, pero también lo que sus amigos o conocidos suben a las redes sociales. Siempre tienen un ojo puesto en la vida del otro y les gusta moverse por las redes sociales como patrullas morales, para detectar a todos aquellos que se corren del canon donde fueron entrenados. Por eso, cuando encuentran a alguien que se sale de sus parámetros morales, que frustra sus expectativas, no dudarán en bloquearlo y reportarlo a las autoridades del mercado. Pero aún, si la frustración es muy alta van a su muro y lo escrachan, y luego llaman al 911. Digo, la vigilancia activa la cultura de la delación.

Ahora bien, detrás de la vigilancia y la delación está la ansiedad que genera el miedo al miedo. Y digo “miedo al miedo” porque el miedo en sí mismo puede ser una emoción que active otras prácticas que nos lleva a andar con cuidado. El problema es el pánico, porque cuando las personas quedan presos de estos estados nerviosos, son colonizados por representaciones que no guardan proporción con la realidad, y puede llevarlos a adoptar respuestas que no son precisamente racionales sino tributarias de pasiones iracundas y a escalar las cosas hacia los extremos. 

En definitiva la cuarentena es un presente que no es muy auspicioso: Vecinos que difaman a otros vecinos o, mejor dicho, a personas que dejan de ser percibidos como vecinos para pasar a ser otros, otros absolutos, aliados ostensibles de un virus invisible. A los vecinos alertas se les ha enseñado que la manera de tramitar los problemas es a través de la enemistad. Y cuando la sociabilidad se organiza en función de las afinidades identitarias, el otro absoluto e ilegible tendrá pocas chances para ser reconocido e integrado: Hay que detectarlo y escracharlo, es decir, excluirlo de nuestros entornos afines y saludables. Llegamos hasta aquí por carencia de políticas de la amistad. El próximo nos queda cada vez más lejos, y si no guarda la distancia social de rigor habrá que delatarlo, apartado, expulsado.

 1 Docente e investigador de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor de Temor y control, La máquina de la inseguridad y Vecinocracia: olfato social y linchamiento vecinal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s