ENTRE EL ESPANTO Y LA ESPERANZA. La resistible ascensión de Bolsonaro*

Más allá de la extravagante figura de Jair Bolsonaro, y de ciertas caracterizaciones de su gobierno como un fascismo de nuevo tipo, el nuevo escenario político abierto en Brasil supone una compleja reconfiguración de las relaciones de fuerza. Daniel Campione aporta elementos para una comprensión de este proceso en términos integrales. 

Por Daniel Campione**

*Parafraseamos el título de una famosa pieza teatral de Bertolt Brecht, La resistible ascensión de Arturo Ui, una alegoría sobre la llegada de Hitler al poder y los inicios de la tiranía, ambientada en la Chicago mafiosa de los tiempos de la “ley seca”.

**Profesor UBA. Miembro de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas (Fisyp)


¿Qué es esto?

La pregunta sobre el significado del ascenso político de Jair Bolsonaro y la orientación de su presidencia en Brasil, es inquietante por varias razones. Algunos lo tachan directamente de “fascista”, o se dedican al manejo de los prefijos (cuasifascista, semifascista, posfascista). Suele abusarse de la categoría “fascismo” al extenderla mucho más allá, en tiempo y espacio, del origen de su uso en la Europa de entreguerras, y no creemos que sea la más apta para comprender el fenómeno.

Sus acciones y expresiones remiten más bien a un militar, de carrera frustrada, que se encuentra con un nuevo y hasta hace poco impensado destino a través de una prédica que lo asemeja a un “pastor electrónico”. Es un hombre ligado a lo más reaccionario del gran capital y un adherente lineal y entusiasta  a todas las políticas del imperialismo norteamericano. Emerge desde fuera de los grandes partidos, sin estar en el mapa político de casi nadie hasta poco tiempo antes, salvo como un diputado excéntrico y de mediocre desempeño. 

Sin embargo llegó a la presidencia, con la pretensión de ser un “salvador” de Brasil, un reconstructor de preciadas tradiciones hace mucho relegadas. A partir de allí pretende no quedar como un presidente más, sino erigirse en líder indiscutible e irreemplazable, nimbado de un aura cuasi religiosa. “Messías”, su segundo nombre, no puede ser más significativo. 

Un “César”, con pretensión de estar elevado por sobre todas las facciones en pugna. Tal vez así lo hubiera descripto Antonio Gramsci, pero es claro que como un representante de la variedad “regresiva” del “cesarismo”(que el pensador sardo analizó en contraposición a otra, “progresiva”), dispuesto a hacer retroceder los módicos avances ocurridos durante los gobiernos del PT. Más aún, a aplastar al conjunto de la “cultura de izquierda” (en un sentido amplio) arraigada durante décadas en vastos sectores de la población brasileña. En términos políticos y culturales, J.B pretende volver el entramado de su sociedad a la época previa a los últimos años de la dictadura militar iniciada en 1964. La “ideología de género”,  la teología de la liberación, las comunidades eclesiales de base, la defensa del medio ambiente, el Movimiento Sin Tierra, los partidos de izquierda o que alguna vez lo fueron, la antropología de Darcy Ribeiro, la pedagogía de Paulo Freire, la teoría de la dependencia, los movimientos en defensa del medio ambiente… si de su voluntad dependiera todo eso iría a parar al “basurero de la historia”, junto con la permisividad hacia los gays, las modalidades de familia no tradicionales, los emigrados de cualquier procedencia, hasta los afrodescendientes y pueblos originarios, de no aceptar la subordinación y el sometimiento. Si se nos permite la licencia terminológica, podría darse el nombre de “contrarreforma intelectual y moral”, a este conjunto de reacciones elementales que se trasmuta en planificación de acciones destructivas que configuran los objetivos del singular “mesías” que azota al país-continente. El gobierno actual de Brasil encabeza a voz en cuello esa “contrarreforma”, destinada a hacer retroceder relaciones de trabajo, calidad de vida y comprensión social de la realidad a niveles de “pobreza extrema”, impensables desde hace décadas. En su reemplazo pareciera aspirar a una sociedad de blancos propietarios o aspirantes a serlo (a la propiedad o  en su defecto, sólo a la blancura).

La reciente reivindicación que ha hecho del dictador chileno Augusto Pinochet no es apenas un exabrupto, una declaración intempestiva e inconveniente. Es más bien la defensa en bloque, tanto en objetivos como en métodos, de la “lucha antisubversiva” que en su momento tuvo como resultado la instauración de reformas regresivas sobre el fondo de una agresión destructiva del gran capital contra las clases subalternas. La regresividad del “programa” bolsonariano es de un alcance similar, a despecho de que hoy no despunte un cuestionamiento revolucionario, como sí ocurría en los 60-70. Y que carezca de los caracteres “desarrollistas” que marcaban a la dictadura iniciada en 1964.

En su discurso de toma de posesión afirmó: “Este es el día en que el pueblo comenzó a liberarse del socialismo”. En esa frase se trasluce una de las “originalidades” del actual presidente de Brasil: No opta por la omnipresente estigmatización del “populismo”, sino que le da prioridad a demonizar bajo el rótulo de “socialismo” a todas las expresiones progresivas de las clases subalternas, junto a cualquier acción o pensamiento de vocación contrahegemónica, cualesquiera sea su basamento de clase. En su formulación de pretensión más moderna, hace referencia al “marxismo cultural”.Entre las regresiones  que produce, no es la menor este retorno a las concepciones de la “guerra fría”. 

Vale la pena un ligero examen de los antecedentes del ascenso al poder del ex militar.

Lo impensado llega al poder

El más inmediato fue el fracaso electoral de las derechas tradicionales brasileñas, protagonistas en parte del espurio encumbramiento de Michel Temer, personaje sinónimo de doblez y corrupción. Colaboraron con el “golpe blando” que desplazó a Dilma Rousseff, y con la taimada actitud de su vicepresidente, que aprovechó la oportunidad de elevarse a un lugar que las urnas nunca le hubieran conferido. Súmese a lo anterior un duradero proceso de recesión económica y de caída de nivel de consumo. Quienes le dieron sustento no se vieron beneficiados de ninguna oleada de prestigio. Más bien al contrario. El impulso de una reforma laboral de tintes retrógrados, entre otras medidas de signo parecido, completaron el cuadro de progresiva degradación que atravesó el año y medio del interregno Temer. 

En esas circunstancias, el candidato Geraldo Alckmin, del principal partido del establishment de Brasil, el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña), tuvo un pobre desempeño electoral en primera vuelta. En el otro campo, el Partido de los Trabajadores, con su líder encarcelado, no estuvo ni cerca del muy probable triunfo que hubiera obtenido con Lula da Silva a la cabeza de su boleta electoral. Ningún otro candidato más o menos “tradicional” se acercó siquiera al éxito en las urnas.

Un “César”, con pretensión de estar elevado por sobre todas las facciones en pugna. Tal vez así lo hubiera descripto Antonio Gramsci, pero es claro que como un representante de la variedad “regresiva” del “cesarismo”(que el pensador sardo analizó en contraposición a otra, “progresiva”), dispuesto a hacer retroceder los módicos avances ocurridos durante los gobiernos del PT.

En esas circunstancias, ante una situación de vacancia, en tiempos de incertidumbre y caída de viejas certezas, se elevó a alturas insospechadas el postulante de un partido de extrema derecha casi inexistente. Subyugó a vastos sectores de la población con una difusa propuesta de “orden” y “seguridad” a cualquier precio; de regreso a viejas certezas acerca de la propiedad, la religión, la familia, el comportamiento sexual, etc. El voto popular ungió, y por muy amplio margen, al hasta hacía poco desconocido postulante del partido Social Liberal. Bolsonaro se impuso en segunda vuelta con más del 55% de los votos. Incluso muchos trabajadores y trabajadores,  y miembros de otros segmentos populares, se vieron seducidos por una propuesta reaccionaria, que los interpelaba con valores asociados a una “clase media” tradicional o nueva, temerosa de cualquier daño a su precaria situación de “bienestar”, celosa de sus escasas posesiones, acosada por la inseguridad, harta de promesas incumplidas, resentida contra una situación económica que oscilaba entre el estancamiento y la franca recesión. Se le sumó, como acompañamiento previsible, un “nacionalismo” superficial, de mucho verdeamarelo y “primero Brasil”, y sin parentesco con la tradición de autonomía que se suele atribuir a la política exterior brasileña. Tinte verdeamarelo que, en el plano de los símbolos, sirvió para contraponerlo al vermelho de los estandartes del PT. 

El acceso a la presidencia estuvo cargado de ilegitimidad. Fue precedido por un mecanismo muy evidente de “corrección preventiva” de los resultados de la futura elección. Destituida Dilma Roussef por un juicio político amañado, le siguió la liquidación de la candidatura de Lula por la arbitraria condena judicial que recayó sobre él, con magistral sentido de la oportunidad. El “linchamiento mediático” ocupó el lugar pertinente. El conjunto configuró un caso de manual de los mecanismos de avasallamiento de la soberanía popular, “superadores” de los golpes militares o cívico-militares, que los poderosos de distintos países de América Latina han puesto en práctica en los últimos tiempos. Con la gran ventaja de que no tienen el componente de violencia explícita, supresión de las instituciones representativas  y evidente carencia de legitimidad que afectaba a los golpes del pasado. 

Ilustración de Martín Malamud

La tropelía cometida para “rescatar” al Planalto de un inquilino indeseado, tuvo la obscena coronación del nombramiento del juez Sergio Moro como ministro de Justicia. Quien juzgó y condenó, con parcialidad evidente y sin pruebas a la vista, recibió su condigna recompensa. ¿Para qué disimular, cuando la desvergüenza está instalada y casi convertida en virtud?

Un poco más atrás en el tiempo, el “huevo de la serpiente” se incubó bajo el largo lapso de predominio del PT, e incluso durante los dos períodos iniciales, con Lula en la presidencia. 

La apelación a la “antipolítica” del actual presidente combina motivos moralizantes, el estímulo al repliegue en un desconfiado individualismo, y la disposición, y aún el deseo, de desplegar todas las herramientas represivas del aparato estatal contra un nutrido y heterogéneo conjunto de enemigos, con la nota en común de corresponder a la conciencia, organización y movilización de las clases populares. Pero la eficacia de ese “cualunquismo” en su peor versión no es un rayo en un día de espléndido sol.

El extendido descreimiento y rechazo hacia las elites políticas, con el PT incluido, para muchos en primer lugar, tiene algunas razones valederas: El deterioro del nivel de actividad y pérdida de poder adquisitivo y el incremento de la desocupación, acompañaron los últimos años de la experiencia gubernamental del PT. La degradación del comportamiento de buena parte de la dirigencia petista también fue real y de larga data. El Lava Jato o antes el mensalao, no son construcciones imaginarias ni pura manipulación. El que hayan tenido un uso interesado para el ataque al PT y sus gobiernos, para impugnar “la política” en su conjunto y sembrar el desprestigio generalizado, no los convierten en meras invenciones. 

Segmentos que  actuaron como “fuerzas auxiliares” en la coalición encabezada por el Partido de los Trabajadores, a cambio de algunas ventajas y concesiones, ahora han pasado a un rol protagónico a través del cual aspiran a realizar buena parte de su programa. El caso evangélico es el más claro, junto con partidos de derecha que fueron aliados del petismo. Los partidos políticos brasileños son instituciones lábiles, con poco arraigo social real, con dirigencias que migran de uno a otro, en muchos casos varias veces a lo largo de una misma carrera política. Tienen inveterada tendencia a desmovilizar, y asimismo al desmantelamiento de organizaciones populares autónomas. El PT no dejó de tomar para sí algunos de esos rasgos. La desmovilización y desorganización de las clases subalternas tuvo buenas bases ya instaladas desde los gobiernos petistas, siempre orientados a producir una suerte de limitada “revolución pasiva”, que cambió reformas parciales por repliegue de las fuerzas populares. En cuanto al desarrollo de políticas de las que suelen llamarse neoliberales, Lula tuvo ministros o altos funcionarios de ese signo desde los días iniciales de su primera presidencia, y las políticas sociales orientadas a terminar con el hambre y a sacar a millones de brasileños de la pobreza, tuvieron su contrapeso en las políticas “promercado” que impulsaban los tecnócratas a cargo de la gestión económica del gobierno federal.

Pese a las características “moderadas” y a sus conductas desmovilizadoras, el PT en el gobierno en general, y una nueva presidencia de Lula en particular, podían constituir un obstáculo, parcial pero traba al fin, para la realización del programa de máxima del gran capital. Sus vínculos con organizaciones obreras y campesinas, por debilitados que estuvieran, mantenían una potencialidad “peligrosa” a los ojos de la gran empresa. El ascenso social de sectores antes excluidos clamaba por venganza para los más conservadores.

Al final los tres poderes del estado se articularon para terminar con el dominio petista sobre el aparato estatal: El parlamento que destituyó a Roussef con pretextos absurdos, el vice del ejecutivo que acudió presto a ocupar el lugar vacante, previa adopción de los dictados de “los mercados”  como su política, y el juez que condenó por su “íntima convicción” y no por las evidencias producidas, que brillaron por su ausencia. El paso final fue la legitimación electoral del camino emprendido, que tuvo como resultado la entronización de un candidato “sorpresa”, un aparente outsider, pero con marcada propensión a la defensa de los intereses económico-corporativos, religiosos y comunicacionales más concentrados y consolidados de Brasil.

Bolsonaro en el poder.

Lo peor que puede hacerse es trivializar el rol del actual presidente, reduciéndolo al lugar de una aberración pasajera, incluso pintándolo como un “loco suelto”, cuyo influjo está destinado a agotarse sin dejar apenas rastros. Los elementos más reaccionarios del “bloque social dominante” son los que impulsaron a la candidatura Bolsonaro y los que, con reyertas entre ellos, se confabulan para apuntalar la actual gestión. Se suele epitomizarlos en el tríptico “biblia” (los evangélicos), “bala” (reivindicadores de la dictadura de 1964 y de las políticas represivas en general) y “buey” (los terratenientes). 

Esta trilogía estaría conformada en un vértice por los terratenientes y saqueadores del Amazonas (¿acaso la defensa del “pulmón verde” no encubre una conjura “izquierdista” que se atreve a denunciar los recientes incendios?), con el “agronegocio”, la industria maderera y la minería incluidas; en otro ángulo se encuentran las fuerzas armadas y policiales, con un historial represivo al servicio incondicional de las grandes corporaciones y de los instintos racistas y represivos de un amplio sector de la población, “nostálgico” de los tiempos “ordenados” de las largas dos décadas de dictadura. Y, por último, la liga de iglesias evangélicas que suelen llamarse “pentecostales”, de obediencia norteamericana. Ellas educan a sectores crecientes de la población en su “teología de la prosperidad”, con laboriosidad, austeridad y búsqueda del lucro individual como valores supremos de conducta. Todo enmarcado en una gama de valores conservadores que comprende la relación entre géneros, el comportamiento sexual, y la orientación de la vida cotidiana, con la consabida “defensa de la vida” en un lugar de privilegio. 

Esos tres componentes no abarcan del todo a la entente del gran capital local e internacional que, sobre todo después de la frustración de las candidaturas de la derecha más “civilizada”, resolvió impulsar a Bolsonaro. Éste, en paralelo con su panoplia de reaccionarismo político-cultural y enfoque represivo de los problemas sociales, adhiere con entusiasmo al programa de  la gran empresa y a las “reformas indispensables” (previsional, tributaria, “del estado”, etc.) pendientes. El gran capital lo adoptó como “su” candidato y luego “su” presidente, y de paso envió al archivo a la “agenda republicana” que un candidato de derecha “sistémica” hubiera necesitado cumplir, al menos en apariencia. 

Ilustración de Martín Malamud

Nada de “transparencia” ni de “calidad institucional”; todo está permitido si es en beneficio del capital más concentrado y de los caprichos del presidente, siempre que no sean disfuncionales a aquéllos. Desde el nepotismo desembozado a favor de sus hijos, hasta la devoción a un oscuro “gurú” radicado en Estados Unidos, Olavo de Carvalho, los deseos del “César” parecen ser mandamientos irrecusables, a los que buena parte de la sociedad asiste entre atónita y escandalizada. 

Los elementos más reaccionarios del “bloque social dominante” son los que impulsaron a la candidatura Bolsonaro y los que, con reyertas entre ellos, se confabulan para apuntalar la actual gestión. Se suele epitomizarlos en el tríptico “biblia” (los evangélicos), “bala” (reivindicadores de la dictadura de 1964 y de las políticas represivas en general) y “buey” (los terratenientes).

Hay, con todo, síntomas de crisis política. El ex juez Moro está hoy rodeado por un arco variado de denuncias que amenazan su lugar en el gabinete. Los respaldos más “institucionales” del gobierno, en primer lugar los militares, se ven complicados en escándalos y disputas de poder que abarcan a la familia Bolsonaro y a algunos de sus colaboradores “civiles”, mientras parte de los miembros de ese estamento ven con desagrado el neoliberalismo “extremo” del presidente. El canciller,gran admirador del presidente norteamericano, Ernesto Araújo, se desgañita, al borde del ridículo, en la denuncia de una “guerra” internacional contra la heterosexualidad, las carnes rojas y el petróleo. 

La política exterior “bolsonarista” es un despliegue integral en sentido reaccionario.  Va desde el apoyo irrestricto a las posiciones de Israel, capitalidad de Jerusalén incluida, hasta el giro “antilatinoamericanista” y “anti-Mercosur” del entramado de relaciones externas brasileñas, con el apoyo a la condena al gobierno de Nicolás Maduro y a una eventual intervención en Venezuela como estandarte casi permanente. En este campo, salta a la vista la cercanía de políticas con el ex presidente argentino, Mauricio Macri y otros mandatarios de la región como Iván Duque, Lenin Moreno y Abdo Benítez.

 La gestión, con amplios poderes, de un ministro de economía de radicales posturas “pro-mercado” como Paulo Guedes, se potencia con el alineamiento automático con las posiciones de EE.UU en la era Trump. El ministro es un hombre con desempeño en las altas finanzas, formado en la universidad de Chicago. Un tecnócrata neoliberal en estado puro.

No es un detalle que la gestión de Bolsonaro sea contemporánea a la de otros ultraderechistas como Víktor Orban en Hungría y el propio Trump, o al papel protagónico del xenófobo Matteo Salvini en Italia, sumado todo a variadas expresiones de ultraderecha que todavía no acceden al poder, pero se encuentran en ominoso crecimiento. 

Estos gobiernos son una forma de capitalizar los cuestionamientos que flotan en el ambiente, hacia el menguante contenido de soberanía popular que tienen las democracias realmente existentes, como a su incapacidad (o despreocupación) por dar respuestas a las necesidades populares más amplias. Sin alternativas claras de orientación popular, ese sentido común de potencialidad cuestionadora, es disputado con éxito por las derechas extremas, que lo revierten en un sentido regresivo. Los posibles “núcleos de buen sentido” quedan yugulados en su cuna. Surgen “Jefaturas” en manos de aparentes outsiders, claramente asentados en vínculos estrechos con el gran capital. El líder de extrema derecha brasileño calza casi a la perfección en esa “tipología” amenazadora.

Pensar a J.B, conlleva la referencia al presidente norteamericano, vale insistir. Adversario del “cambio climático” y de cualquier agenda ecológica, escéptico acerca de mecanismos de integración diferentes a los “tratados de libre comercio” con EE.UU y otras potencias capitalistas,  enemigo de cualquier agenda progresista, y hasta de todo emprendimiento multilateral, anticomunista extremo a la antigua usanza, partidario de poner a las mujeres “en su sitio” anterior a cualquier reivindicación feminista, Bolsonaro es un “corresponsal” perfecto del gobierno norteamericano en el hemisferio austral.

Asistimos en estos tiempos al declive progresivo y hasta ahora imparable de las democracias representativas, expresada entre otros factores en su pérdida de credibilidad en tanto “gobiernos del pueblo” y a la percepción generalizada de que no sirven a ninguna idea plausible de “bien público”, sino al beneficio de élites tan restringidas como ricas y poderosas. En la oleada de desencanto y resentimiento que esta degradación produce, se montan, con frecuencia y éxito crecientes, una gama de “monstruosidades” políticas que a su vez se lanzan contra lo que queda de las libertades públicas y de instituciones que desarrollen políticas públicas en beneficio de las mayorías. Entre otros caracteres  tienen en común el ataque a las clases subalternas, a sus posibilidades de acción y pensamiento independiente, para reducirlas a un “polvillo individual e inorgánico”, si utilizamos la terminología gramsciana. 

Estos gobiernos son una forma de capitalizar los cuestionamientos que flotan en el ambiente, hacia el menguante contenido de soberanía popular que tienen las democracias realmente existentes, como a su incapacidad (o despreocupación) por dar respuestas a las necesidades populares más amplias. Sin alternativas claras de orientación popular, ese sentido común de potencialidad cuestionadora, es disputado con éxito por las derechas extremas, que lo revierten en un sentido regresivo. Los posibles “núcleos de buen sentido” quedan yugulados en su cuna. Surgen “Jefaturas” en manos de aparentes outsiders, claramente asentados en vínculos estrechos con el gran capital. El líder de extrema derecha brasileño calza casi a la perfección en esa “tipología” amenazadora.

Una fuerza tan poco movilizadora y con creciente moderación programática como el PT, era de todas maneras un potencial obstáculo para políticas como las que se propician hoy. El operativo multifacético para desplazarlo fue un triunfo estratégico a la hora de asegurar el avance de una amplia ofensiva contra las clases trabajadoras. La propia existencia organizada de todas las fuerzas populares del país más poblado y de  mayor poderío económico de toda América Latina fue puesta en entredicho.

Bolsonaro es una opción política sin vínculos condicionantes con ninguna organización ni representación de las clases populares. Además, carece de las limitaciones que le pueden imponer la “corrección política” y el “pluralismo cultural” a una derecha “moderna” como la que encarna sobre todo el PSDB. 

No parece aspirar a crear nucleamientos sindicales u otras organizaciones populares que le respondan. Prefiere, en principio, que las clases subalternas actúen como masas inorgánicas, abocadas al combate contra “chivos expiatorios” situados dentro, o cerca, del propio campo de los explotados o excluidos. La “construcción” brasileña actual es la de un modo de dominación, que utiliza las instituciones parlamentarias en proceso de descomposición y otros aparatos hegemónicos, para ponerlos al servicio del avance frenético de los intereses del gran capital: Desregulación, flexibilización, reforma previsional, son propuestas permanentes y omnipresentes. Se complementan con anuncios de un sendero de privatizaciones del que, si se pudiera, no quedaría nada a salvo, desde las empresas energéticas a las universidades nacionales, pasando por el sistema bancario federal. Todo sobre el fondo de un propósito de  disciplinamiento social lo más acelerado y completo que sea posible.

A modo de brevísima conclusión.

En suma, J.B encarna una versión, de particular brutalidad, del contraataque contra el ciclo “antineoliberal”, “nacional y popular” o “socialista del siglo XXI”, que signó la primera década de nuestro siglo en América Latina. Verlo en cercanía y complicidades con gobernantes como Mauricio Macri, Sebastián Piñera o los “neoliberalismos exitosos” de Colombia y Perú podría impulsar a un acentuado pesimismo sobre el futuro de la región. 

Esa actitud no carecería de motivaciones, algunas de las cuales hemos intentado reseñar aquí. Hay que  balancear ese indispensable “pesimismo de la inteligencia” con el “optimismo de la voluntad”, como enseñara Gramsci. La mirada optimista es necesaria a la hora de la valoración de las vastas, y poco a poco crecientes, manifestaciones de resistencia que atraviesa la ofensiva del capital en diferentes países. Las luchas de indígenas, trabajadores y estudiantes en Ecuador y Chile son las más recientes y restallantes; la estrepitosa derrota electoral de la coalición Cambiemos en Argentina, es un hecho de muy distinta naturaleza pero similar sustancia. Los pueblos no están dispuestos a un sacrificio pasivo de sus condiciones de vida y de sus derechos. 

La disputa por las calles, los territorios, los lugares de trabajo y las conciencias sigue en marcha, y hay indicios de que en esa batalla no le resulta sencillo al capital llevar la mejor parte. Hay muchas y variadas carencias en el camino de la construcción de alternativas populares e incluso anticapitalistas, pero el camino de la lucha está abierto y con mucha fuerza.

No es nada aventurado pensar que el pueblo brasileño no tardará mucho en lanzarse a la calle en choque con las deletéreas políticas del personaje payasesco que se encaramó en el gobierno. Se han dado luchas contra la reforma previsional y la precarización educativa, que se conjugaron en un paro general con acatamiento parcial en el pasado junio. A la hora de las precauciones no hay que olvidar ni por un instante que detrás del fantoche de pobre apariencia, permanecen apenas ocultas las fuerzas económicas, políticas, culturales y hasta militares del poder local e internacional. La articulación entre voluntad política vigorosa y conciencia alerta de los peligros circundantes es siempre muy compleja, pero para nada imposible.

El escenario está abierto, las derivas posibles son diferentes y hasta contrapuestas. Los sujetos populares tienen mucho para decir y hacer.

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