GRAMSCI Y EL FASCISMO: UNA RELECTURA DESDE EL PRESENTE DE AMÉRICA LATINA

Gramsci, prisionero y víctima del fascismo italiano, supo analizarlo y denunciarlo como pocos, mostrando el vínculo entre el ascenso de un movimiento político reaccionario y la reorganización económica de las clases dominantes. Se trató, en suma, de una “Revolución Pasiva”, una transformación profunda de la sociedad que, amén de algunas semejanzas, no puede ser equiparable a la realidad actual de Nuestra América.

Por Marcos del Roio*

Gramsci!

* Profesor de Ciencias Políticas de la UNESP e integrante de la International Gramsci Society-Brasil.

Desde una perspectiva nacional/internacional, los conflictos sociales están empeorando en casi todo el mundo, pero se trata de un fenómeno particularmente perceptible en América Latina. Después de una ola reaccionaria abrumadora, que se desarrolló a partir de la crisis de 2008, las masas populares están comenzando a reaccionar, aunque sin una dirección política determinada. Este contexto, que culminó con la elección de Jair Bolsonaro para la presidencia de Brasil, planteó nuevamente el problema de la caracterización de estos regímenes de dominación oligárquica. ¿Se trata de una forma de neofascismo, fascismo de mercado u otra cosa aún?

Incluso sin tratar de responder esa pregunta, no cabe duda de que la contribución de Gramsci a la comprensión del régimen fascista italiano que lo encarceló es indispensable. El movimiento llamado Fasci di Combattimento apareció en marzo de 1919, por iniciativa de Benito Mussolini, quien había sido expulsado del Partido Socialista Italiano, por la defensa hecha a favor de la entrada de Italia en la guerra, en defensa de los “intereses nacionales”. La ideología nacionalista permitió agregar grupos de excombatientes insatisfechos con el resultado de la guerra, de la cual Italia, a pesar de haber estado del lado de los vencedores, salía casi como derrotada, en una terrible crisis política, económica y moral -una crisis orgánica, como diría más tarde Gramsci en los Cuadernos de la cárcel.

Este contexto, que culminó con la elección de Jair Bolsonaro para la presidencia de Brasil, planteó nuevamente el problema de la caracterización de estos regímenes de dominación oligárquica. ¿Se trata de una forma de neofascismo, fascismo de mercado u otra cosa aún? 

Esta agregación de fuerzas paramilitares atrajo a la pequeña burguesía, en ruinas por la crisis, para un proyecto de revolución que era suyo, ya no del proletariado o de la burguesía. El hecho es que el carácter mismo del fascismo, indefinido en el programa y en la ideología, que albergaba varias concepciones diferentes, solo unificadas en la figura del jefe Mussolini, dificultaba su comprensión. Las relaciones con la Iglesia y el liberalismo burgués eran ambiguas, pero ahí era donde aparecía la fuerza del fascismo.

La reflexión de Gramsci y de los comunistas italianos se desarrolló a medida que el movimiento fascista, con el tiempo, hizo más explícito su carácter de proceso de construcción de un nuevo régimen político, que reordenaba las clases dominantes y reformaba el Estado con la intrusión de la pequeña burguesía agregada al Partido Nacional Fascista, que llegó al gobierno en octubre de 1922.

Ahí se reconocía que el fascismo había completado su proyecto de unificación orgánica de la burguesía, lo cual induce a los comunistas a analizar la relación de la burguesía con el fascismo, sus contradicciones internas y la situación internacional. El análisis de la particularidad del capitalismo italiano, de sus clases y estratos sociales sería la condición para comprender el fascismo y sus oscilaciones. El fascismo evidenciaba una situación reaccionaria, pero su caída crearía una situación democrática favorable al avance del movimiento obrero. La revolución italiana sería antifascista y anticapitalista (Tesi, 1990).

El discurso pronunciado por el entonces diputado Antonio Gramsci, el 16 de mayo de 1925, criticaba el proyecto de ley llamado Mussolini-Rocco contra las organizaciones secretas, pero también fue una crítica sustantiva del fascismo, aunque contó con algunos límites. En principio, la ley estaba dirigida a desmantelar la masonería, que era la columna vertebral de la administración pública de la monarquía liberal italiana y de la propia burguesía. Gramsci denunciaba entonces que el fascismo representaría los intereses de las clases agrarias semifeudales y que tenía la intención de elevar a la pequeña burguesía fascista a camada dirigente del Estado. Esta ley, por supuesto, también estaba dirigida a las organizaciones autónomas de la clase trabajadora que aún sobrevivían y resistían al fascismo, como en el caso del Partido Comunista (Gramsci, 1997).

malestar autoritario3Lo que Gramsci aún no percibía es que el acercamiento entre la pequeña burguesía y el capital financiero estaba a punto de ocurrir, permitiendo una reorganización del conjunto de las clases dominantes y la derrota de la oposición liberal. De hecho, fue en el documento presentado al III Congreso del PCI, celebrado en Lyon, Francia, en enero de 1926, que Gramsci, con la estrecha colaboración de Palmiro Togliatti , elaboró un análisis más sofisticado del fenómeno fascista, vinculándolo a la “cuestión meridional”, la cual se encontraba en el corazón de la cuestión nacional italiana.

Ahí se reconocía que el fascismo había completado su proyecto de unificación orgánica de la burguesía, lo cual induce a los comunistas a analizar la relación de la burguesía con el fascismo, sus contradicciones internas y la situación internacional. El análisis de la particularidad del capitalismo italiano, de sus clases y estratos sociales sería la condición para comprender el fascismo y sus oscilaciones. El fascismo evidenciaba una situación reaccionaria, pero su caída crearía una situación democrática favorable al avance del movimiento obrero. La revolución italiana sería antifascista y anticapitalista (Tesi, 1990).

Aún en agosto de 1926, Gramsci estima que las contradicciones internas del fascismo podrían conducir a la caída del régimen, al mismo tiempo que el frente unido antifascista (formado en el movimiento de masas y que no incluía a otros partidos políticos) se estaba fortaleciendo y podía producir en breve una ruptura democrática. Ese análisis resultó ser gravemente erróneo, porque en los meses siguientes lo que se observó fue el avance de la fascistización del Estado y la vida civil, hasta que en la primera semana de noviembre se dio el golpe que puso fin a la posibilidad de cualquier oposición social y política al fascismo y también extinguía lo que quedaba de las instituciones liberales. Gramsci estaba entre los miles de encarcelados por el golpe que consolidó la dictadura fascista. De la prisión solo saldría en abril de 1937, para morir dos semanas después. Desde el momento en que obtuvo la autorización para escribir, en enero de 1929, hasta agosto de 1935, cuando sus fuerzas ya estaban disminuyendo, Gramsci escribió sus notas en cuadernos y, sin duda,  una de sus principales preocupaciones fue ofrecer una respuesta a la cuestión de la derrota, que implicaba una mejor comprensión del fascismo.

Cuando la Internacional Comunista impuso a los comunistas italianos la perspectiva por la cual el fascismo tenía los días contados, debido a la grave crisis capitalista que promovería la retomada de la revolución socialista, Gramsci divergió seriamente. De hecho, el fascismo se fortaleció en la crisis, expandió y consolidó su base de masas. Ya estaba claro para él que una crisis económica en sí misma no potenciaba el movimiento revolucionario. Por el contrario, en este caso: el fascismo pudo exponer su naturaleza imperial y un poder cesarista que benefició al gran capital. La cuestión para aclarar era la relación entre el fascismo y el desarrollo capitalista en Italia.

En los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci piensa el fascismo como una revolución pasiva, una revolución sin revolución, una revolución restauradora. Aunque estos términos no son estrictamente sinónimos, ya que se utilizan para comprender diferentes realidades, aun conectadas, sirven para explicar el fascismo. En otro momento, Gramsci y Togliatti ubican las raíces del fascismo en el Risorgimento, un período que culminó con la unificación de Italia y la formación de la monarquía liberal. Esa es la etapa de la revolución burguesa en Italia, una revolución en la que el jacobinismo no se vinculó a las demandas de las masas campesinas y, en un proceso de transformismo, fue fácilmente subsumido a la dirección político-cultural de los liberales moderados, que procedieron a unificar la península, pero conservaron las características feudales del reino de Nápoles.

Para Gramsci, esta fue una revolución pasiva, ya que recibió el impacto permanente de la revolución francesa -de la cual las clases dominantes italianas necesitaban defenderse- y también acusó la presión de las clases subalternas, aunque estas eran incapaces de disputar el poder, debido a la debilidad teórico-práctica de su dirigencia. La revolución pasiva, en cualquier caso, es una revolución, porque hace avanzar el proceso histórico en un sentido progresivo. Pero también es pasiva y restauradora, en la medida en que refleja un cambio histórico iniciado en otro lugar y que restaura el poder de la clase dominante, por lo que es reaccionaria. La hegemonía de clase que surge de este proceso es débil, ya que la burguesía del norte aliada con las clases agrarias semifeudales del sur sufre la oposición de la Iglesia y el no reconocimiento de las clases subalternas, que se rebelan con frecuencia.

A partir de 1913, con la expansión del estatuto de ciudadanía y la guerra de 1915-1918, las masas populares se convirtieron en protagonistas en medio de una crisis social y política muy grave. El impacto de la revolución rusa se hizo sentir particularmente en la experiencia de los consejos de fábrica y, más tarde, en la fundación del Partido Comunista. Las clases dominantes reaccionaron con la atracción y la manipulación del movimiento fascista, que demostró ser competente para reordenar las clases dominantes y crear una base de masas para el Estado.

El predominio pasó al capital financiero, pero el régimen sirvió como mediador entre los intereses de las diferentes fracciones burguesas, además de preservar la contradicción entre el norte y el sur del país, es decir, la “cuestión meridional” apenas adquiría una nueva cara. Por lo tanto, el fascismo es un régimen reaccionario con base de masa en la pequeña burguesía, pero puede ser más que eso, puede ser una reorganización progresiva de la dominación burguesa al incorporar elementos del capitalismo más avanzado, que se expresaría en el impulso a la industrialización, a la planificación, a la organización científica del trabajo, fordismo/taylorismo, pero fundamentalmente en el predominio del capital financiero. Italia superó la crisis capitalista gracias a la creación de una serie de empresas públicas centralizadas en el Banco de Italia y luego trató de convertirse en una autarquía.

En el cuaderno 22, Gramsci imagina una vertiente del fascismo que estaba pensando efectivamente en la incorporación del fordismo en Italia, a pesar de percibirla como una acción casi imposible, ya que el fordismo exigiría un Estado y una cultura liberales en el sentido común. En el mientras, la organización científica del trabajo sería viabilizada mediante una coacción exacerbada. Esta cara “revolucionaria” del fascismo, en cualquier caso, tiene que convivir con la necesidad de crear nuevas capas de rentistas y nuevos empleos organizativos y no productivos. Esta es la forma de ofrecer cierta seguridad a las clases medias que apoyan el fascismo, aunque acentúa sus debilidades y contradicciones (Gramsci, 1975).

Cuando la Internacional Comunista impuso a los comunistas italianos la perspectiva por la cual el fascismo tenía los días contados, debido a la grave crisis capitalista que promovería la retomada de la revolución socialista, Gramsci divergió seriamente.

Finalmente, el fascismo puede considerarse como una revolución pasiva por haber reordenado el Estado y la economía, las clases sociales mismas, llevando a Italia a un nuevo nivel de desarrollo capitalista, incluso capaz de luchar por un imperio colonial. No resolvió y tampoco era su papel, la Cuestión meridional, la cuestión de la tierra y el rentismo, ya que parte de su base social indispensable era beneficiaria de estos problemas que dejó el Risorgimento.

Por lo tanto, analizar parte de la realidad actual de nuestra América a través del uso de las categorías de fascismo o revolución pasiva es una inversión de alto riesgo. Los  regímenes que expresan variantes institucionalizadas de la dictadura del gran capital son francamente reaccionarios y no tienen una base de masas organizada. La tendencia es agravar seriamente la situación colonial y no alimentar los delirios del poder imperial. Entonces, en el caso específico de Brasil, es un error identificar a los gobiernos del PT con una revolución pasiva, así como al (des)gobierno Bolsonaro como neofascista.

Publicado originalmente en Revista Catarsis N° 2 – Abril 2020.

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BIBLIOGRAFÍA

CAFAGNA, Luciano y todos. Le tesi di Lione: riflessione su Gramsci y la storia d’Italia. Milano, Franco Angeli editore, 1990.

DEL ROIO, Marcos. Gramsci y la emancipación del subordinado. São Paulo, Editora da UNESP, 2018.

DEL ROIO, Marcos. Los prismas de Gramsci. São Paulo, Editorial Boitempo, 2019.

GRAMSCI, Antonio. Quaderni del carcere. Torino, Einaudi, 1975.

GRAMSCI, Antonio. La costruzione comunista del Partito (1923-1926). Torino Einaudi editore, 1978.

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