Crisis de representación más acá y más allá del 2019. No repetir las viejas fórmulas, con fecha de vencimiento

¿Qué papel tienen los movimientos y organizaciones populares en el contexto de crisis que se vive en Argentina? Claudia Korol, comunicadora feminista y educadora popular, nos propone mirar abajo y a la izquierda para redoblar la apuesta por el poder popular, sin supeditar las construcciones de base a los tiempos y dinámicas electorales. Una lectura política que pone el dedo en la llaga y hace de la bronca y el dolor motores de rebeldía.

Por Claudia Korol [*]

Artículo publicado en Número 1 de Revista Catarsis, Mayo de 2019.

El patriarcado capitalista y colonial “avanza” destruyendo cuerpos, territorios, comunidades y pueblos, asesinando ríos, desapareciendo bosques y montañas, patentando y controlando semillas y todas las formas de vida y de creación cultural, de saberes y sentidos. De este modo, erosiona también su propia legitimidad, y los pueblos van descreyendo de lo que se presenta como sistema democrático, y a las fuerzas políticas que lo sostienen y reproducen en todo el Abya Yala. Fraudes, golpes, un sistema político indiferente a las necesidades de los pueblos, van creando esa crisis de representación. Mientras los presidentes emergentes de esta oleada conservadora se saludan emocionados y alegres, sus bases se revuelven. Los gobiernos van esfumando su capital simbólico de credibilidad aplicando políticas dictadas desde los centros del poder político mundial, por el G20, la OMC, el FMI, el Banco Mundial, el Vaticano, las iglesias evangélicas y pentecostales, las transnacionales que buscan saquear y despojarnos de bienes comunes y del valor de nuestra fuerza de trabajo en el tiempo más breve, para multiplicar desmesuradamente sus ganancias, y asegurar su hegemonía mundial.

Macri es parte de este proceso abonado por el desencanto. Cada tanto, en espacios breves de tiempo, se pone en debate si el gobierno llega o no llega a su término pautado institucionalmente. Por lo general, esto se comprende en términos electorales y con un horizonte preciso: el 2019. Entonces, una parte sustantiva de las fuerzas políticas se preparan para gestionar el recambio. 

En los momentos de fuertes convulsiones aplacadas con represiones, se vuelve a nombrar con espanto el 2001, no por lo que la pueblada estableció como límites al modelo neoliberal, sino por lo que significó de amenaza la ingobernabilidad generada por el estallido político de los y las nadies. Hablo de estallido político, porque no comparto las perspectivas que interpretan el 2001 en claves conspirativas o en una lectura exclusiva del espontaneísmo, desconociendo la cultura política acumulada por el pueblo, que puede tomar una decisión desorganizada pero firme de exigir “que se vayan todos”, ante el desastre no solo por un gobierno de turno, sino también por una oposición tibia e incapaz de negociar siquiera las migajas del banquete del poder.

Cuando se vuelve a agitar en estos días el fantasma del 2001, es para amenazar a quienes nos rebelamos ante tanto desastre con una represión como entonces, que nos causó más de 30 muertos/as en jornadas durísimas de dolor, pero también de dignidad. Pero necesitamos leer la coyuntura política no desde el miedo inducido sino en términos de esperanza, recordando que, por la dialéctica de la historia, cada crisis encierra posibilidades.

Para eso, más allá del discurso oficial y sus “globos” de alegría, es necesario que desde los movimientos que se presentan como populares, nos atrevamos a empujar frente a la crisis macriana, respuestas colectivas, masivas, que no sean el solo esperar la próxima elección, armando y desarmando listas.

El sistema de representación política está en crisis, los gobernantes en todos los niveles gozan de un descrédito profundo. Las principales decisiones políticas de reformas en el Parlamento, tuvieron que realizarlas apelando a la coerción, a la represión, porque no podían construir el consenso con los sectores sociales mayoritarios que resultamos afectados. Se está gobernando a bala y palo, y eso significa que la crisis política es un hecho. A pesar de que están agotando el crédito del FMI por adelantado, el hambre y la pérdida de las posibilidades de acceso a la salud, a la vivienda, a la luz, al gas, a la educación, aprieta en los barrios. Por eso se militarizan también los territorios. Aumenta la criminalización de la pobreza y la judicialización de la protesta.

Por eso resulta absurdo en el campo popular, que algunas fuerzas políticas tejen alianzas electorales, pero le quitan el cuerpo a las movilizaciones, a la creación de poder popular, a la organización de la rebeldía. Un amplio frente de lucha contra el sistema que expresa hoy el gobierno macriano, podría tener una expresión electoral válida que lo refuerce, siempre que no se llame a desensillar hasta que aclare. Sin embargo, en algunas de las movidas electorales que se insinúan como opositoras, pisan fuerte personajes que encarnan el mismo sistema -solo por dar un ejemplo, Felipe Solá-, y también personajes que han enfrentado abiertamente una de las movilizaciones más significativas de estos años, la lucha por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito –solo para dar otro ejemplo, Juan Grabois-. Entonces es necesario poner en debate: unidad con quiénes y para qué.

El gobierno de Macri atraviesa una crisis de legitimidad, de gobernabilidad, de consenso. Si la misma no es más intensa, es por la decisión de algunos movimientos y sindicatos de bajar el tono de la protesta. Sin embargo, lo que estos movimientos no pueden decidir, es cambiar el descontento de los afectados por sus políticas, que somos mayoría. La pregunta que cabe, es si este modo de negociar la gobernabilidad del sistema, y las opciones de recambio, no terminará afectando también la legitimidad de la llamada oposición.

Cuando los movimientos sociales con memoria recordamos la responsabilidad de un Felipe Solá en la masacre de Avellaneda, no lo hacemos por un espíritu revanchista. Lo hacemos porque no queremos cambiar figuritas en el juego electoral, rehaciendo el consenso y la gobernabilidad que Bullrich-Macri perdieron en otras masacres o crímenes como los de Santiago Maldonado o Rafita Nahuel. No queremos que ese consenso roto ahora sea depositado como un acto de fe y de esperanza en uno de los responsables del crimen de Darío y Maxi. Eso significa dar cheque en blanco para nuevas represiones.

Cuando las feministas cuestionamos la presencia central de Juan Grabois en el armado electoral patria grande, estamos defendiendo la vitalidad de uno de los movimientos que más sacudió las estructuras del sistema político patriarcal: el movimiento de mujeres y disidencias sexuales, al que Grabois enfrentó abiertamente pretendiendo usurpar la voz de las mujeres empobrecidas por el sistema, y con enormes dificultades para acceder al sistema de salud: precisamente las que más mueren en abortos clandestinos.

Lo electoral no es “más político” que la interpelación que desde la Memoria han hecho a la sociedad toda las Madres de Plaza de Mayo, o el movimiento feminista, o las organizaciones piqueteras que reivindican la resistencia organizada y el poder popular. Si no, miremos el resultado de la desmemoria en las elecciones de Brasil, o de la conciliación con el patriarcado en la legitimación del gobierno Ortega-Murillo en Nicaragua. La lucha contra la impunidad es uno de los valores atesorados por el pueblo argentino, es parte de nuestra experiencia histórica, de nuestra fuerza cultural y política, de nuestro ejercicio cotidiano de dignidad, y no podemos dilapidarlo en una elección.

El gobierno de Macri atraviesa una crisis de legitimidad, de gobernabilidad, de consenso. Si la misma no es más intensa, es por la decisión de algunos movimientos y sindicatos de bajar el tono de la protesta. Sin embargo, lo que estos movimientos no pueden decidir, es cambiar el descontento de los afectados por sus políticas, que somos mayoría. La pregunta que cabe, es si este modo de negociar la gobernabilidad del sistema, y las opciones de recambio, no terminará afectando también la legitimidad de la llamada oposición.

Esto es especialmente grave en un momento en que la derecha fascista -fogoneada por las iglesias- se para desde un discurso duro antisistema, que conecta con la crisis de representación política de los sectores hegemónicos y de los tibios opositores.

Recuperar la energía transformadora, rebelde, revolucionaria, proyectarla en unidad política construida desde abajo, desde las experiencias de poder popular en los territorios, donde se juega mucho de la vida y de la muerte de las comunidades, dotar a la misma de un instrumento electoral, subordinado a la propuesta política y no por sobre ella, puede ser un camino diferente a los que estamos acostumbrados/as en experiencias de las izquierdas que están fuertemente interpeladas en todo el continente, por lo que no han podido resolver en su lógica de institucionalización subordinada.

“Despertemos humanidad, ya no hay tiempo”, nos dijo Berta Cáceres. Hoy esta exigencia se vuelve urgencia. Decimos con Lohana entonces, que “el tiempo de la revolución es ahora”. De lo contrario, estaremos abonando un tiempo de contrarrevolución y de fascismo.

[*] Comunicadora feminista y educadora popular.

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